UN SUEÑO NO DESEADO (Cuento)
Una mañana Gregorio se levantó temprano, más de lo de costumbre, a listó su mochila y su fiambre para ir a la escuela. Apurado salió de su casa porque quería llegar temprano. Además el centro de estudios quedaba distante de su casa. La escuelita donde asistía Gregorio estaba a una hora de su hogar, entre los pajonales de la altura de Hualgayoc, cerca de las lagunas; lugar donde el frío congela a veces hasta las ganas de estudiar, se decía siempre él.
Algunas veces se detenía con sus amigos de la escuela a arrojar piedritas a las lagunas, para así asustar a los pececitos que tranquilos disfrutaban de las cristalinas aguas de aquellas lagunas solitarias y silenciosas en esas inmensidades llanuras de la jalca. En muchas ocasiones se habían divertido corriendo tras los patos que nadaban en las lagunas, quienes asustados volaban alborotados de un lado para el otro. Si tenían suerte algún pato se cansaba y era víctima de cualquier estudiante, quien lo atrapaba, lo maneaba y lo escondía tras los pajonales hasta la hora de regreso, para luego llevarlo a prepararlo y saborearlo en un rico guiso.
Era costumbre reunirse con sus amigos e ir en mancha a la escuela con el fin de pasarlo bien el trayecto.
Hasta ese día en que Gregorio había madrugado más que de costumbre y de pronto todo cambió, todo se volvió triste para él y para todos sus amigos que disfrutaban cada mañana tales aventuras de chiquillos. Todo fue diferente cuando al llegar a las lagunas se dio cuenta que no había nada, absolutamente nada se veía ante sus ojos. Por un momento se quedó perplejo y quieto en un pensamiento confuso al no creer que sus ojos solo observaban huellas de las grandes maquinas que habían atropellado y desaparecido las lagunas. Un llanto inundó su alma y un dolor punzó su corazón. Sus amigos llegaron y con caras sollozas se le acercaron para preguntarle si sabía algo. Con un gesto triste y moviendo la cabeza Gregorio corrió hacia la escuela, quería gritar no sé a quién, quería llorar pero el llanto era interno. Al llegar a la escuela fue directo a su profesora Lucía y le preguntó cuál era la razón por lo que habían hecho tal desastre. La profesora solo atinó a decir que la mina había tomado posesión de dicho lugar para que hagan sus excavaciones y exploten el oro de la tierra.
La desesperación y tristeza de Gregorio llenaba cada vez su alma y sus recuerdos. No podía aceptar tal hecho, le venía a la mente cada mañana y cada acción que hacia él y sus amigos y sobre todo le daba pena aquellos pececitos que fueron muertos por la mano destructora del hombre. De regreso a casa no quiso regresar por el mismo lugar sino que tomó otra vía para así no ver todo el desastre en ese lugar. En su casa se encerró en su cuarto y se puso a llorar de tristeza, de dolor y rabia por todo lo que había visto. Su mamá que siempre le esperaba con una sonrisa en los labios y algo de comida servida corrió hacia el cuarto y vio llorando a su niño consentido, al único hijo que tenía y al que siempre le veía feliz llegar a casa, ya sea con un pato entre sus manos o a veces mojado por los juegos que hacía con su amigos en el agua. Rosaura, su madre, le abrazó y le secó sus lágrimas, pero Gregorio no paraba de llorar desesperado. Ella le preguntó porque lloraba y el no respondía nada, solo lloraba y cerraba sus ojos para así pensar que todo era un sueño. Ese día no comió nada, solo se encerró en su cuarto y después de llorar se puso a pensar en todos los buenos recuerdos que le dejaba aquel lindo lugar para él. Su sueño era que un día estudiaría ingeniera forestal y así haría un proyecto en protección de ese lugar para darle a conocer al mundo como sitio ecológico y natural de la región andina.
Esa noche después de tanto pensar se quedó dormido sin ánimo de levantarse. Rápido un sueño abrazó su mente y de repente se halló parado en las lagunas, con sus amigos buscando con la mirada los pececillos de colores que nadaban alegres en esas lagunas inmensas y cristalinas. Los patos oscuros y azulinos volaban ante sus ojos todos alborotados y él corría con sus amigos tras ellos hasta cansarlos. El viento despeinaba sus cabellos y silbaba en los ichus, el cielo azul sonreía ante sus ojos y los rayos del sol abrigaba sus mejillas. Todo parecía estar en paz en dicho lugar, una tranquilidad llenaba su alma que hace unas horas estuvo herida y lastimada.
Al rayar el día su madre lo llamó como de costumbre a desayunar y notó una sonrisa que se desprendía de sus labios. Gregorio se encamino a la escuela y quiso ir a ver si ese lugar estaba ahí, intacto, como antes. Al llegar ahí pudo notar que todo estaba conforme antes, todo era lo mismo. Las lagunas reflejaban el color del cielo en sus aguas, sus amigos ya estaban jugando con el agua y corriendo de aquí para allá. Lo llamaban, pero él asombrado no podía moverse solo observaba sonriendo y con asombro toda la naturaleza ante sus ojos. Sus amigos le preguntaron qué porque no corría con ellos y Gregorio mirándolos a uno por uno solo le hizo esta pregunta:
¿Qué harían y como se sentirían ustedes si una mañana se levantan y todo esto ya no está aquí?
